Usos políticos de la historia: Vox y la Reconquista

David Soler

El partido situado en el extremo derecho del arco parlamentario bebe de una tradición ideológica que lo separa significativamente de los otros dos principales partidos de la derecha y el centro-derecha: el nacionalcatolicismo, con matices eso sí, pero en fin una combinación de valores patrióticos identitarios que vinculan el ser español con personajes y momentos históricos reclamados por los sectores socialmente tradicionalistas, antiliberales y centralistas. Para analizar el abultado uso de la historia de esta fuerza política, y principal rival del Partido Popular tras la debacle de Ciudadanos, debemos remontarnos unos años.

2019. Las elecciones generales se acercan. El PSOE y el PP temen importantes pérdidas de escaños, especialmente la formación conservadora liderada en ese momento por Pablo Casado. La retórica de su partido, así como la de Albert Rivera, aún líder de Ciudadanos, se centra en la idea de “echar a Sánchez de la Moncloa”. Por su parte, en el Gobierno en minoría de Pedro Sánchez sobrevuela la idea de emplear un relator internacional para “abrir vías de diálogo” con un independentismo catalán sumido en la deriva unilateral. Esto provoca críticas dentro del propio PSOE, con sonadas deserciones y trasvases de dirigentes socialistas. En ese contexto polarizado e inflamado, en el que abundan manifestaciones para la convocatoria de elecciones, una fuerza política que no es nueva- pero que sí se hace notar cada vez más- decide iniciar la campaña electoral de abril en un lugar repleto de mística nacionalista e identitaria: Covadonga.

El lugar, mitificado hasta la saciedad por la historiografía cristiana y nacionalista española, es conocido como la cuna de la Reconquista (término cuestionado desde hace muchas décadas por la historiografía moderna) es donde se cree que el caudillo astur Pelayo derrotó en el año 722 a las tropas musulmanas cuando estas trataron de hacerse con aquellas tierras, tras la invasión de la península ibérica iniciada en el 711. Si algo caracteriza a esta formación de derecha radical es su fijación con este periodo de la historia y su empleo en los discursos electorales para vincular la reconquista con una batalla contra la inmigración, especialmente la proveniente de países de mayoría islámica.

“La nación y sus enemigos”

La Fundación de Defensa de la Nación Española (DENAES), que se convirtió una suerte de think tank ideológico de lo que sería Vox, señala entre sus metas “el cultivo del patriotismo, y la afirmación de España como Nación. El patriotismo es un sentimiento sano y natural, normalizado en cualquier país de nuestro entorno, que no denota ideologías ni posicionamientos partidarios. El patriotismo es necesario para la cohesión de cualquier sociedad.”. Sin embargo todo el entramado ideológico que se crea en torno a la idea de cómo ser buen español niega esa supuesta neutralidad ideológica. No existe tal cosa como un nacionalismo o patriotismo no ideológico, ya que la propia idea de nación surgió de la mano de una ideología muy específica y perfectamente situable en el tiempo: el nacionalismo, que afirmó por vez primera que frente al modelo estamental y de monarquía absoluta, la soberanía residía en la nación o en el pueblo, los que hasta entonces no habían ejercido como sujetos políticos sino como súbditos y patrimonio del rey.

Vox se fundó en diciembre de 2013 como una escisión del ala más derechista y conservadora del Partido Popular. Criticaban al PP de Rajoy y al marianismo por ser demasiado moderado en cuestiones como los valores tradicionales, la unidad nacional o la libertad económica. La expresión “la derechita cobarde” se convirtió en el calificativo o preferido por los cuadros de Vox para referirse al PP. Iván Espinosa de los Monteros, una de las espadas principales de Vox, llegó a decir en una intervención en Espejo Público: “ Yo fui votante del PP, pero de todo se sale, como de la droga”. En cuanto a Ciudadanos y Albert Rivera, los calificó en una entrevista en Estados Unidos como una izquierda aseada de “bien vestidos, bien afeitados, chicas guapas…” en oposición a una izquierda “sucia, mal vestida, con coleta”, en nada sutil referencia a Unidas Podemos.

Al principio los voxeros prefirieron no acercarse a los partidos nacionalpopulistas del resto de Europa y denominarse como “centro-derecha nacional”. Pero pronto dieron un claro giro ultraderechista e identitario, especialmente tras la salida de Aleix Vidal-Quadras, uno de los fundadores originarios. Desde entonces el discurso de los dirigentes de Vox se ha centrado en actuar de mensajero de malas nuevas sobre una secular amenaza contra las naciones, sus costumbres y valores por parte de un supuesto aquelarre de enemigos ubicuos y poderosos, sin patria ni lealtades. Los “autóctonos” serían sobre los que recaería la defensa de la nación frente a sus enemigos. El libro de Karl Popper La sociedad abierta y sus enemigos sería la anti-biblia del nacionalismo que representan Vox y sus fuerzas aliadas en Europa y América, defensores de lo que denominan soberanía cerrada.

El nativismo es por tanto uno de los elementos ideológicos clave del partido, tal como se argumenta en el estudio del politólogo especializado en nacionalismo comparado Carles Ferreira en Vox como representante de la derecha radical en España: un estudio sobre su ideología (2019):

Los resultados muestran que Vox es una organización de ultraderecha, que se ajusta a las características de la familia de partidos de la derecha radical. Su ideología está basada en una combinación de nacionalismo y xenofobia (nativismo) y de una visión autoritaria de la sociedad, apegada a los valores de ley y orden. Este autoritarismo, sin embargo, no se manifiesta como voluntad de instaurar un régimen autocrático ni se hace uso de la violencia con fines políticos. Este matiz alejaría a Vox de los elementos más extremistas de la ultraderecha. Por otro lado, el nativismo es el elemento que diferencia a Vox de los partidos conservadores convencionales.

“Don Pelayo era un tío con dos huevos”

Con esta testosterónica expresión, muy común en el universo ideológico de tintes masculinistas de Vox, Santiago Abascal bromeaba con Rocío Monasterio mientras ambos recorrían los parajes cercanos a Covadonga. Desde 2015 Vox siempre inicia sus campañas en Asturias, con ofrendas florales incluidas a la efigie de don Pelayo y a la virgen María. En una de sus muchas campañas en redes sociales (terreno comunicativo fundamental para Vox) apelan al #espíritudeCovadonga, clamando por la vuelta a valores tradicionales, a las “raíces” como señala Abascal en el vídeo con Monasterio).

Raíces selectivas, eso sí, pasadas por el matiz del nacionalismo de vertiente católica, que históricamente ha vinculado la identidad española al catolicismo, en oposición al Islam, pero también a otras formas de cristianismo (especialmente el protestante), al agnosticismo o ateísmo, a la masonería y la filosofía de origen ilustrado, al izquierdismo (primero el liberal, luego el socialista) y a lo que en jerga ultraderechista suele denominarse como globalismo (o globalización cultural). En su libro Soberanía (2021) el eurodiputado de Vox Jorge Buxadé (dos veces candidato por Falange en los 90 y partícipe de instituciones ultraconservadoras como Foro Catalán de la Familia y HazteOír) define el globalismo como “el principal peligro que hay para la supervivencia de nuestra Civilización, de nuestro orden político y social, el principal peligro para el humanismo de origen y fundamentos cristianos y derechos y libertades de la persona y la familia; en fin de eso que hemos llamado Cristiandad”.

En ese contexto de “asedio”- una posición de victimismo cómoda para cualquier fuerza nacionalista, estatal o regional- el triunfo de Pelayo sobre los bereberes encaja como referente de resistencia frente al invasor, que hoy habría cambiado de nombres pero no de objetivos: acabar con la “civilización occidental” con un choque, en el sentido enunciado por el politólogo Samuel Huntington.

Precisamente el término invasor para describir al otro, percibido como amenaza y disolvente de la identidad “original” (si es que algo así puede establecerse en la historia), es utilizado repetidamente por los líderes nacionales y europeos de Vox en sus mítines y contenidos para redes. “No queremos, ni debemos olvidar, que hoy hace 527 años de la liberación de Granada por las tropas españolas de los Reyes Católicos, poniendo fin a ocho largos de siglos de Reconquista contra el invasor musulmán, reza un tuit del 2 de enero de 2019. En unas declaraciones de Macarena Olona el 2 de enero de 2022, hasta su marcha otra de las piezas fuertes del partido, expresaba el interés de Vox en convertir ese día en la fiesta oficial de Andalucía y afirmaba:

“Hoy es un día grande para toda Granada, para toda Andalucía y para toda España. ‘Mañana antes del amanecer tomaremos Granada’, dijo nuestra gloriosa reina Isabel. Y así fue. Hoy celebramos el triunfo de nuestra identidad cristiana. Celebramos el fin de la ocupación musulmana con la caída del reino nazarí. (…) En Vox consideramos que esta gesta histórica debería ser conmemorada alzándola al día de Andalucía e igualmente a fiesta nacional de España.”

A continuación la representante de Vox acusaba a los partidos de izquierda y a diputados de Ciudadanos de haber frustrado esa iniciativa en el pleno del ayuntamiento de Granada. También en 2022 el portavoz de Vox en el Parlamento Europeo, Jorge Buxadé criticaba una campaña de la Unión Europea con motivo del Año Europeo de la Juventud que incluía a una joven con velo islámico, y en su web lo calificaban de cesión a los intereses de los “invasores islámicos”. “Covadonga, Poitiers, Las Navas, la defensa de Viena o Lepanto. Herederos de una historia común.”, zanjaba Buxadé en su cuenta de Twitter.

En línea similar Javier Ortega- Smith, secretario general de Vox, acudía en 2021 a un homenaje por los 450 años de la batalla de Lepanto. El político expresaba a los medios, junto a un monumento a Álvaro de Bazán, que este “fue una leyenda que representa en nuestra historia el valor de quienes creemos en la libertad, de quienes defendieron la cristiandad, de quienes defendieron Occidente y de quienes defendieron la soberanía de toda Europa y de la nación española”. Además de olvidar que en 1571, mucho antes de las revoluciones nacionales, la soberanía recaía en el rey y no en la nación, Ortega-Smith reactivaba el uso de la historia como acicate electoral al afirmar que aquella victoria fue contra el poder anexionista y la invasión islámica, esa de la que algunos no quieren hablar”. Es recurrente, por parte de Vox, la idea de que seguimos inmersos en una reconquista.

En el imaginario de Vox palpita la muy antigua (y anticuada) idea de que españolidad e islam son conceptos no solo incompatibles sino beligerantemente antagónicos. Esto ha llevado a paradojas como obviar la profesión de religión islámica de muchos de los militares desplegados por el Ejército español, objetivo común de agasajos por parte de Vox, en la playa del Tarajal ,Ceuta y Melilla. Militares que tenían por misión taponar la entrada a España de inmigrantes en situación irregular, muchos también musulmanes. Esto se interconecta con la ignorancia, consciente o inconsciente, de que en el Medievo la mayoría de los súbditos musulmanes de la península ibérica eran los conversos durante la conquista bereber y árabe, por tanto habían nacido en territorio ibérico; además de que fueron algunas de las élites visigodas, como el gobernador de Ceuta, las que pactaron la llegada y posterior asentamiento de los musulmanes, sin oponer una resistencia unitaria durante siglos. La conquista árabe-bereber de la península no se encontró con ninguna Numancia: duró solo seis años, ayudada en gran medida por las calzadas romanas y los acuerdos de reparto de poder (capitulaciones) con los familiares del rey visigodo Vitiza y otros aristócratas, que tenían un concepto señorial y patrimonial del territorio, no nacional.

El imperio contraataca

En 2021 Vox protagonizaba un curioso rifirrafe de carácter chovinista con una fuerza política ideológicamente cercana de Portugal, Chega. Todo comenzaba con un tuit de la formación con motivo del 12 de octubre del pasado año, el Día de la Hispanidad. En el post compartido se incluía un mapa de las posesiones del imperio español en su máxima extensión, incluyendo a Portugal. Este reino formó parte de la Monarquía Hispánica desde su anexión en 1580 por parte de Felipe II, cuando se proclamó Filipe I de Portugal ante sus cortes (con la connivencia de la aristocracia portuguesa). Duró hasta 1640, cuando tuvo lugar la Guerra de Restauración portuguesa, vista en su historia como una guerra de independencia y recuperación de soberanía. Naturalmente este arranque de tambor nacionalista español por parte de Vox tuvo su respuesta de tamborileo nacionalista portugués, con el líder de Chega pidiendo explicaciones a los de Abascal. Ambas formaciones habían compartido escenario solo unos días antes en una campaña para sumar apoyos a la Carta de Madrid.

No ha sido el único rifirrafe con sus compañeros portugueses de lucha antiglobalista. En su cartelería de la campaña España Existe los voxeros emplearon un mapa que incluía a Portugal como parte actual de España, provocando las protestas de entidades lusas.

Desconocemos si hay alguna reacción de los nacionalistas italianos de Giorgia Meloni a la inclusión de más de media Italia actual en ese mapa del imperio español celebrado por Vox, o si las permanentes referencias de sus dirigentes a la guerra contra el francés ofenderán a sus socios en Francia. El irredentismo territorial y la competición por demostrar mayor orgullo patriótico parecen una marca de la casa de todas las fuerzas nacionalpopulistas e identitarias, y las llevan a colisionar entre sí con frecuencia.

Hispanoamérica es otro de los espacios de colisión identitaria de Vox con otras fuerzas nacionalistas, cercanas en otras cuestiones. Hace unos días un pequeño artículo en la web de la fundación DENAES, asociada a Vox, clamaba contra el acto de la toma de posesión del nuevo presidente izquierdista de Colombia, Gustavo Petro, en el que se incluía una pequeña procesión de la supuesta espada de Simón Bolívar delante de las autoridades allí asistentes. Entre ellas se encontraba el rey Felipe VI, que por algún tipo de error de protocolo no se levantó de su silla cuando pasó la espada por primera vez, pero sí la segunda.

En el artículo en DENAES, cuyo autor parece no haber tenido en cuenta este hecho comprobable en la transmisión grababa de la investidura, se aplaude el supuesto gesto del rey y se califica a Bolívar de “rebelde y traidor a España”. Puede resultar interesante conocer la opinión sobre estos calificativos de los nacionalistas de derecha latinoamericanos, que si bien comparten con Vox la incidencia en valores conservadores, pueden encontrar insultantes las descalificaciones a sus héroes nacionales, esos sin los que no existirían las naciones que defienden hoy.

Banderas, mitos y dolores de cabeza

Al contrario que en los mítines de PP o Ciudadanos, en los actos de Vox es muy frecuente encontrar simbología imperial e incluso carlista entre las banderas agitadas por los militantes y seguidores. Esto encierra una de esas clásicas ironías historicistas propias de todo pretendido empleo de la historia como acicate político. Y es que en el pasado la lucha entre símbolos nacionales ha sido enconada y continua, con la bandera rojigualda representando distintas cosas en diferentes momentos, entre ellas al liberalismo avanzado y progresista frente al modelo más conservador, monárquico e imperial, que prefería el pendón blanco borbónico. Respecto a los históricos fueros navarros también se han dado conflictos internos entre los intelectuales que dan soporte al partido.

Resultan interesantes las incoherencias que, una vez más, reporta el empleo politizado de la historia. Porque si bien Vox no ve problema alguno en recrear su propia “memoria histórica” de períodos que distan cientos de años del presente, sí cuestiona la memorialística pública de otros partidos como el PSOE o Podemos cuando hablan de la Segunda República, la Guerra Civil o el franquismo. Incluso, como hemos señalado en la pieza de análisis del Partido Popular, se distancian de la adoración de los populares por la Transición, y no dudan en asumir, al menos retóricamente, parte del discurso trevijanista que califica a España como “estado de partidos” o partitocracia.

Finalizar congresos, mítines u otros actos de Vox con el himno nacional de España es otra característica del partido. Aunque la elección de según qué piezas musicales les ha dado algún que otro dolor de cabeza.

“El peor gobierno en 80 años”: Vox y el franquismo

A menudo se piensa en el nacionalcatolicismo como un producto de la dictadura franquista (1939–1975) pero lo cierto es que se trataba de una larga tradición del conservadurismo español que Franco extremó pero no inventó. Los más relevantes representantes de esta corriente nacionalista fueron Antonio Cánovas del Castillo y Marcelino Menéndez Pelayo. Su visión, tal y como explica Xosé Núñez Seixas en Nueva historia de la España contemporánea. 1808–2018 (2018), presentaba una España irremplazablemente marcada por la monarquía y el catolicismo. Su expresión más icónica, enunciada por Menéndez Pelayo, lo resume bien:

“España, evangelizadora de la mitad del orbe; España martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio…; ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra. El día en que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vetones o de los reyes de taifas. A este término vamos caminando más o menos apresuradamente, y ciego será quien no lo vea.”

En Vox los discursos historicistas sobrevuelan los referentes nacionalcatólicos típicos del franquismo: desde los reyes católicos, la Conquista de América, los Tercios o Felipe II. Otros episodios, personajes e instituciones tradicionalmente vinculados con la memoria histórica liberal y progresista, reclamados hoy a derecha e izquierda, son ignorados o poco tratados en Vox, como la Constitución de Cádiz (obsesión de Ciudadanos), el Trienio Liberal, la labor de la Institución Libre de Enseñanza, figuras como Chaves Nogales, Alcalá-Zamora, Salvador de Madariaga o Clara Campoamor.

Esto se explica, como también vimos en la pieza anterior, porque históricamente el siglo XIX y XX contemplaron una encarnizada batalla entre los partidarios del liberalismo y todo lo que traía consigo (libertad de conciencia y expresión; monarquía constitucional, soberanía nacional, separación de iglesia y estado, relajación en las convenciones sociales, libertad de comercio, democratización progresiva), y los partidarios del modelo del antiguo régimen, estamental, de soberanía monárquica, de catolicismo monolítico y estado confesional, de defensa de los fueros y proteccionismo económico. Liberales y carlistas representaron dos fuerzas antagónicas, dos maneras de entender España y su agonizante imperio, y protagonizaron tres guerras civiles, en medio del lento y abrupto proceso de creación del estado parlamentario y constitucional moderno. Miguel Primo de Rivera pero, sobre todo, Francisco Franco, también aborrecían las ideas liberales al considerarlas extranjerizantes y masónicas.

Durante el debate de moción de censura propuesta por Vox en 2020 Santiago Abascal espetó al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que presidía el peor gobierno en 80 años. Sánchez atribuyó las palabras de Abascal a un lapsus por potenciales querencias “no democráticas”, pero el líder de Vox y en ese momento candidato a presidente, dejó claro en sus redes que “ni lapsus ni leches” (sic). En efecto: al hablar del peor gobierno en 80 años Vox incluía en sus cuentas la dictadura de Franco.

Ya en 2019, durante la campaña electoral, Abascal dijo en una entrevista en El Hormiguero que “Vox no tiene una posición sobre Franco” , que Franco era “una figura histórica” y que dentro de su partido hay personas que “tienen una opinión sobre el régimen de Franco y otras que tienen la contraria”. Resultaba llamativo ese tibio posicionamiento teniendo en cuenta las tajantes afirmaciones que sobre otros periodos históricos se realizan desde Vox, tanto para ensalzarlos como para denostarlos. Ortega-Smith no tuvo reparos en eludir una condena al franquismo diciendo que no condenaba ni aplaudía ninguna parte de la historia de España. Sin embargo las constantes expresiones en torno a la Reconquista, Lepanto o la Conquista de América desmienten ese pretendido desinterés por la historia, repentino cuando el franquismo entra en escena. El histórico de votaciones de los de Abascal en el Congreso sobre cuestiones como la exhumación del cadáver del dictador ponen también sobre la mesa qué tipo de relación tiene Vox con ese periodo.

Las almas de Vox y “el destino de España”

La negación u olvido de determinados presupuestos ideológicos y tradiciones sobre la historia que sí suelen asumir PSOE, Ciudadanos y Partido Popular situaría, irónicamente, a Vox más cerca de los carlistas (que fueron también antecedente del nacionalismo vasco que tanto combate a su vez Vox) que de los liberales conservadores, cuando atacan la globalización y lo que ellos denominan consenso progre. En este consenso estarían no sólo los partidos de izquierda sino todos los partidos de derecha o centro que asumen tesis como las de la Carta de Derechos de la ONU, la UE u otras instituciones internacionales del llamado orden liberal internacional. En Vox, en línea con el lema “Globalismo o patria” demandan tratos de favor a expresiones culturales que identifican con lo propiamente español, y postulan una soberanía cerrada.

Abascal se expresaba de hecho respecto al cine español distanciándose de una tradicional posición neoliberal respecto al arte(que defiende que no reciba financiación del estado) y se mostraba en cambio a favor de que se subvencionase siempre y cuando el estado entregue “subvenciones solo a las películas que fomenten el patriotismo (…) Ayudaría a que los españoles nos conociéramos mejor. En ese caso sí que merecería la pena gastar dinero público, porque saldría beneficiado no solo el productor, sino también los espectadores. (…) Las de Garci, por ejemplo, y sobre todo las que evocaran la Reconquista, la Hispanidad y la guerra contra los franceses.” Dice que contaría con la cuestionada historiadora Elvira Roca Barea o con Mel Gibson como director de una película sobre Blas de Lezo y el fallido asedio británico a Cartagena de Indias.

Es muy reveladora la entrevista-libro donde expone estas ideas, una larga conversación con Sánchez Dragó denominada España vertebrada (en referencia al libro del intelectual liberal Ortega y Gasset, España invertebrada). Allí donde Ortega veía que “Castilla ha hecho a España y Castilla la ha desecho”, Dragó y Abascal inciden, conscientemente o no, en los tradicionales mitos del excepcionalismo castellano, mirando con cierto desdén otras realidades culturales españolas . En esta línea de un nacionalismo castellanizante e identitario (en vez de culturalmente plural y cívico) no sorprende el hecho de que mientras la web de Ciudadanos tiene opción de idioma en todas las lenguas cooficiales del estado, y el PP tiene su propia web en catalán, Vox solo publica contenidos en castellano.

Dragó pregunta, sin obtener una respuesta clara, por los referentes intelectuales de Vox: “Te preguntaba lo de conservador por saber en qué medida Vox, como partido político, es un eslabón más de la tradición cultural del conservadurismo español. Ésa que trazaron Menéndez Pelayo, Olagüe, Vázquez de Mella, Donoso Cortés, Balmes, Maeztu, Ledesma Ramos, José Antonio Primo de Rivera, Javier Conde o Fernández de la Mora.”

No obstante el propio Dragó con sus preguntas pone en tensión las dos almas ideológicas más potentes en Vox: el nacionalismo laico-etnicista y el nacionalismo confesional. Así Dragó, que se define como ateo y que llega a calificar en el libro al papa Francisco como “podemita”, “peronista” e incluso “yihadista” (en presencia de un católico, Abascal, que no le corrige) pone en cuestión por ejemplo la idea de reconquista.

Dragó: ¿Tú crees que la Reconquista es, realmente, una empresa común? Te lo pregunto porque duró ocho siglos y es muy difícil pensar que algo se conciba, se orqueste y se lleve a término con tanta antelación y duración.

Abascal: Pero existía la conciencia de que algo se había perdido y el deseo de recuperarlo. Ese sentimiento se mantuvo desde don Pelayo hasta los Reyes Católicos.

Dragó: ¿No sería simple nostalgia de lo que el tiempo se llevó?

Abascal: ¿Como la de quienes piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor?

Dragó: Exactamente. Ahí tienes otra constante psicológica de la condición humana…

En la obra Dragó presenta a menudo posiciones aún más extremas que las planteadas por el líder de Vox, y recoge la idea de que las pateras de inmigrantes forman parte de una conspiración de invasión islamista, recuperando el historicismo. Ante su insistencia en defender un “derecho a portar armas” similar al de Estados Unidos, que Dragó admira, la conversación se complica:

Abascal: Pero estamos hablando de una situación completamente ajena a la de una nación como España, donde no hay que conquistar ni que defender, de momento, ningún territorio. Y menos aún a punta de pistola.

Dragó: ¿Ah, sí? ¿Y cómo se hizo la Reconquista que tanto admiras? ¿Con espadas de juguete?

Abascal: Fernando, yo sería el primero que recurriría a las armas, de verdad, si fuese necesario acometer una reconquista. Pero no es el caso. Así que déjate de novelerías, por muy novelista que seas, y pisa la tierra.

Dragó: ¿No son las oleadas de pateras y de buques piratas una invasión? ¿No podemos defendernos? ¿No es una situación de emergencia similar a la de la Reconquista? ¿Cómo crees que empezó lo de Tariq, el moro Muza, Florinda y el conde don Julián?

La mistificación de la historia tiene en Vox mucha más presencia que en la mayoría de partidos. En un momento dado del libro Sánchez Dragó le comenta a Abascal: “Tú dices que una nación es la suma de los muertos, de los vivos y de los que nacerán en ella. Es verdad. Me interesa mucho esa formulación del concepto de patria, que casi nadie maneja. Viene a ser algo parecido a la comunión de los santos de la teología católica, pero con un toque muy orteguiano y muy joseantoniano. Ortega decía que la nación es un proyecto sugestivo de vida en común y José Antonio, cargando la suerte y pasando de lo patriótico a lo telúrico, veía en España nada menos que ‘una unidad de destino en lo universal’ ”.

Aunque en dicha entrevista Abascal dice no sentirse cómodo ni con la versión orteguiana ni con la expresión joseantoniana de nación, lo cierto es que ha dejado claro en varias intervenciones que su concepto de España se acerca a esa visión esencialista, des-individualizada (otro factor más que lo distancia de la tradición liberal de buena parte de la derecha actual): la Nación se convierte en sujeto de derecho, no tanto los ciudadanos. En palabras del periodista Miguel González, especializado en este partido: “Vox no reconoce que la soberanía reside en el pueblo español, que es la base de la Constitución española. Esto está teorizado por Abascal y por Buxadé. Consideran que la soberanía reside en la nación: los muertos, los que van a nacer y los vivos, que van a estar siempre en minoría con respecto a los muertos y los que van a nacer. Si tú partes de la base de que la soberanía reside en algo tan etéreo como la nación española compuesta por muertos, vivos y no nacidos, eso como ideología está fuera de la democracia directamente.”

“Y digo la nación española, no el pueblo. El pueblo no puede disponer de la nación, el pueblo está sometido a la nación. El pueblo es el viviente, pero la nación contiene a nuestros muertos y a nuestros hijos”. — Gustavo Bueno.

Edmund Burke, gran referente del conservadurismo opuesto a las ideas de la Revolución Francesa, ya teorizó sobre este “contrato” entre vivos y muertos. Idea que tuvo su máxima expresión en el nacionalismo de corte fascista del siglo XX, para el que la nación como, concepto trascendente, estaba por encima de los individuos y los pueblos. El filósofo Gustavo Bueno también defendió esta tesis, y es uno de los referentes intelectuales de Vox, así como el pensador francés anti ilustrado Joseph de Maistre. En esa línea el concepto de derecho de sangre vuelve sobre el debate nacional. Jorge Buxadé ha llegado a reclamar en Soberanía la necesidad de dar aún mayor prioridad a un modelo de ius sanguinis (derecho de sangre), es decir a la obtención de ciudadanía española por línea de sangre, por encima del ius solis, es decir su obtención por nacimiento en suelo español, o por vía matrimonial.

En el próximo post de la serie entraremos en el universo simbólico e historicista de la izquierda española, comenzando con el partido más antiguo del arco parlamentario, y que más años ha gobernado: el Partido Socialista Obrero Español.

Para ampliar:

¿Cómo definir a Vox? Cinco claves interpretativas, por Xavier Casals

Web propagandística afín a Vox, Contando Estrelas (pieza en la que marcan distancias con PP y Cs metiéndolos en el espacio ideológico de lo que califican como “consenso progre”)

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Espacio de análisis político, histórico y cultural. Soy un periodista y comunicador interesado en informar, formar y entretener. Pensamiento crítico y ecuánime.

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