Usos políticos de la historia: el PP y la Transición

David Soler

Desde su transformación de Alianza Popular en Partido Popular, tres familias ideológicas han colisionado dentro del referente del centro-derecha español: la liberal-conservadora, la democristiana y la nacional derechista. Aspectos como las distintas posiciones respecto al modelo territorial, el papel de la religión en el estado, la “sacralidad” de los símbolos nacionales o el modelo económico con mayor o menor presencia del mercado, han suscitado intensos debates entre los líderes, intelectuales y propagandistas del entorno del PP. Un macropartido que hasta la crisis institucional emergida allá por 2011–2014 aglutinaba casi todo lo que se encontrara a la derecha del PSOE, desde el neoliberalismo laico hasta la extrema derecha nostálgica del franquismo.

Cuando estas tres vertientes ideológicas (liberalismo, conservadurismo, nacionalismo identitario) alcanzaron las crisis económica e institucional (a las que contribuyeron los numerosos casos de corrupción) se provocó una especie de implosión centrífuga y una escapada de votantes, políticos y militantes del PP en varias direcciones. Hacia la abstención, hacia Ciudadanos, hacia Vox o incluso hacia el PSOE. Las mayorías absolutas del PP habían quedado atrás, y debía apoyarse en numerosos ayuntamientos y comunidades autónomas en los votos de Ciudadanos, o confiar en la abstención de otras fuerzas.

“La Constitución es la solución a nuestros problemas”

Representantes de otras formaciones y analistas políticos han llegado a acusar al PP de no tener otro programa que la Constitución y un cumplimiento legalista de la misma. De hecho, el Partido Popular se presenta con frecuencia como el máximo garante de la ortodoxia constitucional y opuesto a cualquier reforma. Esto a pesar de haber participado en su reforma en 2011 cuando, junto al gobierno socialista saliente de Zapatero, se modificó el artículo 135 sin contar con más apoyos que los de ambos partidos, y la exigua UPN. Con esta modificación (la segunda en la historia de la Constitución) se establecía que: “El Estado y las Comunidades Autónomas no podrán incurrir en un déficit estructural que supere los márgenes establecidos, en su caso, por la Unión Europea para sus Estados Miembros.” Es decir, se trataba de una importante reforma de carácter macroeconómico.

Sin embargo Pablo Casado afirmaba el Día de la Constitución de 2019 que el suyo era el el único partido que no pedía reforma alguna de la Constitución y, en una serie de recados tanto hacia el PSOE, nacionalistas, Ciudadanos o Vox, se manifestaba en contra de introducir la “plurinacionalidad o el concepto de nación catalana”, de suprimir las autonomías, de eliminar el Senado o poner en cuestión las diputaciones provinciales.

Esta suerte de “fundamentalismo constitucional” del PP podría hundir sus raíces en una huida hacia delante de los orígenes tardofranquistas de Alianza Popular. Alianza Popular había nacido en marzo de 1977 por la fusión de varios partidos como Reforma Democrática, Unión del Pueblo Español o Unión Nacional Española. Ministros franquistas como Manuel Fraga (fundador), Cruz Martínez Esteruelas y Gonzalo Fernández de la Mora nutrían la cúpula del partido. Cabe señalar que la sección de historia de la web oficial de Partido Popular omite hoy cualquier referencia a la dictadura o a los linajes de los fundadores de AP.

La participación de AP y Manuel Fraga en la Transición (como uno de los padres de la Constitución de 1978) es en cambio encumbrada con honores en muchos discursos del PP, dejando a un lado la paradoja de que cinco de los seis votos que hubo en contra de la aprobación de la Constitución fueron emitidos por diputados de Alianza Popular. El partido también se opuso a la Ley de Amnistía.

A pesar de algunos portavoces del PP han criticado y condenado en varias ocasiones la dictadura franquista -realizando no pocos malabares dialécticos, eso sí-, en otra vuelta de tuerca paradójica más el historiador pro franquista Francisco Torres García criticaba a los populares en un artículo publicado en la web de la Fundación Francisco Franco en enero de 2022, acusándolos de “clan de amnésicos o desmemoriados” por no reconocer “que los orígenes del Partido Popular están en 7 ministros de Francisco Franco”. Se desplegaba así la cruel ironía de un PP al que tanto desde la izquierda como desde el franquismo sociológico se le recordaban los orígenes, con distinto objetivo: unos para deslegitimar al PP como opción política democrática, y otros para calificarlos de “traidores” a un supuesto programa neofranquista. Esta alargada sombra habría llevado al PP a apegarse cada vez más al discurso constitucionalista como recurso de escape de un proceloso pasado, aunque su principal rival, el PSOE, goce también de importantes borrascas en su historial.

En cualquier caso sí parece haberse dado un episodio “amnésico”, por parte de todos. El diario El País titulaba a bombo y platillo el 20 de noviembre de 2002: “El PP condena el golpe de Franco y promete honrar a todas las víctimas de la Guerra Civil. El Congreso aprueba, un 20-N y por unanimidad, ayudar a los exiliados y reabrir fosas comunes”. Los grupos políticos participantes calificaron de jornada histórica el día, y aceptaron la necesidad de la reparación moral y la ayuda para abrir las fosas comunes e identificar a las víctimas de la guerra y la represión posbélica.

El PP no se mostró “entusiasmado” pero sí aceptó la condena del golpe de estado del 36 a cambio de que con esto se logre, 25 años después del restablecimiento de la democracia, dejar “las dos Españas” fuera del enfrentamiento político. Esto es, que ya no se produzca más este “rosario de iniciativas” sin consenso sobre este asunto. Los grupos de la oposición retiraron sus proposiciones y asumieron la del PP.”. Años después unos y otros parecen haber olvidado sus propios compromisos de aquel día, tanto el de la reparación a las víctimas del franquismo y su reconocimiento institucional, como la no utilización del tema con fines electoralistas o para repartir carnets de demócrata.

El historiador Santos Juliá afirma al respecto en su libro Hoy no es ayer (2009), que cuando el Partido Socialista, tras catorce años de gobierno, perdió el poder y vio ascender al Partido Popular de Aznar:

La llegada del PP al gobierno marcó el fin de la vigencia de la regla no escrita de no utilizar el pasado en las luchas políticas del presente, y no porque el PP reclamara una herencia franquista: de Franco no quiere venir nadie. La política de la historia fomentada por el Partido Popular, o por algunos publicistas cercanos, ha consistido más bien en saltar por encima de las dos dictaduras del siglo XX y reclamar como propia una tradición liberal conservadora de la que la derecha actual sería heredera, lo que acabaría por diluir en un borroso horizonte su ascendencia franquista, y en dar como quebrada la línea de continuidad de una ilusoria tradición que habría desembocado en esta derecha sedicentemente liberal de ahora por un proceso normal, del que la guerra y la dictadura fueron como accidentes de los que todo el mundo se lava las manos.”

Dentro del PP las tensiones entre la línea joven, moderna y renegadora del franquismo sin ambages (como Javier Maroto), y la vieja guardia nostálgica del franquismo (como Jaime Mayor Oreja) han provocado más de una y de dos incómodas declaraciones contradictorias entre sus portavoces, de manera que la mirada historicista del PP se ha orientado en apoyar la memoria pública de la Transición, elevada a un pedestal casi sagrado, y “poner la mirada en el futuro”, como también se ha declarado desde el entorno de su rival Ciudadanos. En varias ocasiones ambos partidos se han abstenido o votado en contra de iniciativas de condena al régimen franquista o en la votación para la exhumación del dictador del Valle de los Caídos en 2018. Estos posicionamientos contrastan con los votos en el Parlamento Europeo (2009 y 2019) a favor de una declaración de condena de todos los totalitarismos fascistas y comunistas, que instaba a reconocer y reparar a las víctimas, y donde fueron partidos de extrema derecha y de izquierda radical los que pusieron pegas o votaron en contra.

Azaña y la “concordia” como piedras de toque

El ex presidente José María Aznar dejó a unos cuantos propios y extraños con la boca abierta cuando, en un artículo en febrero de 1998, elogió a Manuel Azaña en estos términos:

Azaña aceptó hasta el final el vaso de sus responsabilidades y nos dejó, como todos sabemos, un último mensaje de paz, piedad y perdón que testimonian su nobleza, y que será siempre de referencia en la historia de nuestro siglo para cualquier español razonante. (…) Quiera Dios que la lectura de estos diarios sirva, como sin duda desearía el pulcro escritor que los compuso, para que sepamos alimentar las esperanzas de libertad, de concordia y de progreso de las que, muy a su pesar, no pudo gozar aquel consumado español en sus valores y creencias que fue Don Manuel Azaña.”

Aunque sorprenda a algunos, la figura de Manuel Azaña, quien fuera un líder clave de la Segunda República y miembro del partido progresista y laicista Izquierda Republicana, también ha sido reivindicada por el Partido Popular en tanto que agente centrista o posibilista acuciado por los extremismos de la época. El viaje al centro político proclamado por José María Aznar al hacerse con las riendas del partido implicaba un salto definitivo a la tradición liberal conservadora, al fin y al cabo también derrotada en la guerra incivil, y de la que querían ser referentes. La tragedia vital azañista servía bien a esta lectura histórica e ideológica.

Tal y como señala el historiador Nigel Townson en La República que no pudo ser: la política de centro en España 1931–1936 (2002), Azaña y otros líderes denominados como “izquierda burguesa” eran mirados con desprecio tanto por la izquierda socialista, revolucionaria y anarquista como por la derecha católica y antirrepublicana, por distintas razones. Explica Townson:

“La izquierda, sesgada por las certezas del marxismo, desacreditó a los republicanos como pertenecientes a una burguesía que se presuponía traidora, mientras que para la derecha los republicanos no eran sino una mutación radical del liberalismo, el temible virus que se había apoderado del alma de la sociedad española desde comienzos del siglo XIX. Al infectar a la España católica con los partidos políticos, los parlamentos y la soberanía popular, el liberalismo habría sido responsable de los reveses imperiales de la nación, de la decadencia de los siglos XIX y XX y de la pérdida general de la ‘unidad espiritual’ y la ‘grandeza’.”

Azaña, que fue primer ministro de 1931 a 1933 y presidente de la República de 1936 a 1939, se ha convertido en un personaje reivindicado tanto por el PSOE como por el PP, es decir por el centro-izquierda y el centro-derecha. Izquierda Unida o Unidas Podemos no lo tienen entre sus figuras a ensalzar. Tampoco los partidos independentistas de izquierdas, debido a la beligerancia de Azaña frente a los aspectos identitarios de los separatismos y nacionalismos periféricos, como demostró en sus críticas a la deslealtad de la Generalitat hacia la República; y exhibió una cambiante posición respecto a potenciales proyectos de secesión de los nacionalistas catalanes, al tiempo que sí impulsaba estatutos de autonomía para dar encaje a las identidades culturales catalana y vasca dentro de España.

También Ciudadanos y Vox han realizaron apelaciones a citas de Azaña. Abascal escogió por ejemplo una frase pronunciada por el presidente de la República en 1936: “Os permito, tolero, admito, que no os importe la República, pero no que no os importe España. El sentido de la Patria no es un mito”. En lo que no pareció estar interesado fue en resaltar que esa frase la pronunció Azaña refiriéndose a los sublevados el 18 de julio. Tanto Mariano Rajoy como Pedro Sánchez han empleado la misma cita de Azaña en discursos al Congreso en 2017 y 2020, respectivamente: “Todos somos hijos del mismo sol y tributarios del mismo río. Nadie tiene el derecho de monopolizar el patriotismo”.

La deriva historicista nacionalcatólica

En conclusión, los usos políticos de la historia por parte del PP se mueven entre el ensalzamiento y el silencio respecto de la historia española antes de 1812; la omisión e incomodidad respecto de la Guerra Civil y el franquismo, la santificación política del período de la Transición y los padres de la Constitución (incluyendo a absolutos antagonistas ideológicos como Santiago Carrillo) y el rescate de ciertos aspectos de la tradición liberal moderada y monárquica del siglo XIX y XX, con figuras como Miguel Maura, Alcalá -Zamora o Lerroux en el punto de mira de la editorial de FAES, fundación ligada al PP. En los últimos años, a nivel madrileño, la celebración autonómica del 2 de mayo ha recuperado también cierta importancia en el discurso del PP de la mano de las castizas interpretaciones de la presidenta Isabel Díaz Ayuso. En su último discurso del 2 de mayo, de tintes más próximos al nacionalcatolicismo que a la tradición liberal, la presidenta señaló:

“Pero que no se nos olvide la hazaña que comenzó aquí aquel 2 de mayo, que lo fue de España entera. Napoleón estuvo ciego cuando intentó invadir una nación con dos milenios de Historia: desde la romanización, la monarquía visigótica, la «España perdida» por la invasión musulmana, que nos hace perseverar durante casi ocho siglos para seguir siendo europeos, libres, occidentales; el Camino De Santiago, las Cortes de León, la Unidad Nacional que logran los Reyes Católicos, el Descubrimiento del Nuevo Mundo, la Escuela de Salamanca, la Monarquía católica, es decir, universal…

Precisamente porque España era una nación, se levantó como un solo hombre, sin distinguir de clases, ni edad, del campo y de las ciudades, y con un protagonismo esencial de las regiones. ¿Qué habría sido de los españoles, si no hubiera habido aragoneses, valencianos, murcianos, andaluces, asturianos, gallegos, extremeños, catalanes…?, se preguntaban ya entonces. La realidad regional de España siempre nos ha hecho más fuertes: y lo que pasa en cada región nos importa a todos”.

La cantidad de ahistoricismos y anacronismos presentes es incontable. Por ejemplo, no hace ninguna mención a las motivaciones de la mayoría de los responsables de los levantamientos contra las tropas napoleónicas, muchos de ellos aristócratas y clérigos, que además del fervor nacional naciente incluían un rechazo de pleno a los valores de la Ilustración y la libre conciencia de los que se reclama la tradición liberal asfixiada por el borbón Fernando VII (tampoco mencionado) a su regreso a España, y en pugna con un tradicionalismo ante el que fue, finalmente, derrotada en 1939, como ese “virus” que se entendía que era.

La presidenta saltaba así con sus palabras por encima de la histórica, larga y enconada guerra ideológica entre catolicismo y liberalismo que recorrió todo el siglo XIX y XX desde la Revolución Francesa, condena papal incluida. El discurso se apoya en lo que pretende todo uso de la historia en la política: seleccionar lo útil, omitir o negar lo contradictorio o problemático. Todo aquello que destiña el argumento empleado. Versión política de aquella terrible máxima periodística: “Nunca dejes que la realidad te estropee un buen titular”.

En el próximo análisis, dedicado a Vox, observaremos un cierto solapamiento (no idéntico, pero con semejanzas) entre estos últimos discursos historicistas de algunos líderes del PP y los del partido de Santiago Abascal, que remonta sus referentes a mucho, mucho antes de la Transición o de 1812.

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Espacio de análisis político, histórico y cultural. Soy un periodista y comunicador interesado en informar, formar y entretener. Pensamiento crítico y ecuánime.

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