Damnatio Memoriae (III): el eterno presente

David Soler

En una ocasión en que su esposa y varios de sus asesores criticaban duramente a los sureños durante la Guerra de Secesión, el presidente estadounidense Abraham Lincoln dijo algo que ejemplifica bien los peligros de arrogarse la supremacía moral en la historia y la geografía cuando tanto una como otra se nos entregan azarosamente: “No los censuréis. Son lo que seríamos nosotros en circunstancias similares”. Independientemente de su convicción en unos valores más elevados que los de sus contemporáneos, Lincoln pareció mostrar con esa reflexión una visión sorprendentemente moderna de la forma de abordar la historia y sus contingencias. Podríamos ser “los otros” en otras circunstancias. Karl Marx decía que “los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado.”

Cualquier tiempo pasado fue anterior

Los historiadores manejan con frecuencia el término presentismo histórico, un concepto que permite analizar los conflictos del ser humano con su pasado con un marco más amplio que el hiper segmentado por la identidad y la deconstrucción de raíz posmoderna que vimos previamente. Tal y como señalan, entre otros, el Merriam-Webster Dictionary el presentismo consiste en aplicar al pasado histórico (y podríamos añadir artístico) los valores, contexto, conocimientos, costumbres, convenciones jurídicas o éticas y mentalidades imperantes de nuestro propio contexto, especialmente a tiempos de los que nos distancian varias generaciones o cientos de años. Por una parte es perfectamente natural que, cuando analizamos hechos históricos, por lejanos que sean, los comparemos más o menos conscientemente con nuestra época, valores y costumbres.

Pero si nos dejamos arrastrar por ese impulso sin matizarlo y sin racionalizarlo cometeremos descomunales errores en el análisis histórico, al apartar el contexto propio de dicho tiempo del proceso analítico, convirtiéndolo por tanto en algo incompleto e inútil para comprender la historia y el presente en que vivimos. Es como separar una palabra del resto de la frase en que iba. No tiene sentido a menos, claro, que en nuestro interés esté darle a la realidad una explicación maniqueísta y moralizante (“la vida es una batalla entre Bien y Mal”) o inequívocamente ideológica, que justifique algún punto de nuestro ideario. Ese es el gran temor de tantos historiadores, académicos y amantes de la historia: su utilización como herramienta política o de gestión ideológica para sostener un discurso orientado a hegemonizar el poder o la cultura. Es lo que nuestras piezas de análisis de usos políticos de la historia por parte de partidos está mostrando claramente.

Los orígenes de esta concepción filosófica de la historia se remontan a pensadores religiosos de distintas épocas y confesiones que han considerado que los mismos estándares morales de su creencia son eternos e inmutables al estar ligados a valores o revelaciones divinas, y por tanto serían aplicables a todo tiempo y lugar. También muchos políticos de todo signo, desde tradicionalistas a liberales, desde nacionalistas a marxistas, han empleado lecturas presentistas de la historia que a menudo colocan su ideología o partidos como la culminación de la historia: todo se habría construido teleológicamente hasta llegar a ellos. La teleología es una doctrina filosófica que sostiene la creencia en que la marcha del universo posee un orden y unos objetivos, que las cosas tienden a esos fines, y que la historia no es una sucesión de causas y efectos (mecanicismo).

El mecanicismo no permite un uso ideológico de la historia, mientras la teleología sí. Por ejemplo, Benito Mussolini presentó su régimen como la culminación del legado del Imperio Romano. Instituyó como saludo fascista obligatorio el saludo romano, que luego asumieron los nazis alemanes y los falangistas españoles. Para Mussolini y sus ideólogos, el Imperio Romano era la forma suprema de civilización: “Roma es el corazón palpitante, el espíritu vivo de la Italia imperial que soñamos (…) solo los italianos pueden llamarse descendientes legítimos de Roma. Esto, que es un orgullo, no debe ser un orgullo pasivo”.

El presentismo se extiende desde los teólogos cristianos que se enfrentaban al dilema sobre qué pasaba tras la muerte con los millones de “paganos” que habían vivido en tiempos previos a Jesús, hasta los debates actuales sobre cómo relacionarnos con la historia colonial en el presente marco de la Declaración Universal de Derechos Humanos y las políticas de memoria pública (por ejemplo los monumentos). La descolonización de la historia es un fenómeno ligado y protagonista de muchas discusiones hoy. Un debate que se mueve entre el histórico desprecio a culturas no europeas y las enmiendas a la totalidad contra el legado identificado como occidental. En los 70 un importante profesor de historia de la Universidad de Oxford, Hugh Trevor-Roper, decía:

“Actualmente, los estudiantes quieren que les enseñemos la historia del África negra. En el futuro quizás les podamos enseñar un poco de esa historia, pero por el momento es inexistente. Sólo hay una historia de los europeos en África y el resto son tinieblas… Ahora bien, las tinieblas no son un tema para la historia”.

Por otro lado, iniciativas como la de la institución indigenista Survival, señalan:

Los libros de texto escolares, tanto en España como en varios países de América Latina, siguen refiriéndose a la llegada de Colón a la isla de Bohío como “el descubrimiento” de América. ¡Pero América no fue descubierta! El continente llevaba habitado desde miles de años atrás. Y esos mismos libros ignoran además la historia, cultura y pasado de los pueblos indígenas que fueron sometidos. Los museos europeos enaltecen sus vitrinas con piezas de arte, códices, momias, objetos rituales y sagrados fruto del saqueo que los pueblos indígenas sufrieron. Las plazas de las ciudades europeas exhiben las estatuas de los conquistadores, líderes de monstruosas matanzas. Y sin embargo Europa olvida, por ejemplo, que los indígenas americanos salvaron al viejo continente de las periódicas hambrunas de la Edad Media: ¡la patata, el tomate, los pimientos, alimentos base de la dieta “mediterránea”, fueron importados de América!

A esta guerra cultural se suman cuestiones como la recuperación de los nombres endónimos de las tierras nombradas por los colonizadores europeos. Por ejemplo muchos defensores de la posición indigenista denominan Abya Yala a América, pues consideran este último nombre una imposición cultural europea. Los maoríes de Nueva Zelanda se refieren al archipiélago como Aotearoa, nombre que ha sido asumido y es empleado también a nivel oficial por el gobierno neozelandés.

No obstante no hay ninguna prueba histórica de que los Guna de Colombia y Panamá, a los que se atribuye el término Abya Yala, se refirieran con él a todo el continente; de igual manera que Amerigo Vespucci dio nombre en realidad solo a una parte de un gigantesco continente aún por explorar.

La descontextualización de la historia

Además del evidente daño que a la historia como ciencia social y al método de investigación rigurosa producen determinados cierres en falso de los debates, se puede producir también un daño social que puede degenerar en auténticos conflictos, injusticias y guerras. Al fin y al cabo qué son el Holocausto o los genocidios bajo el símbolo de la hoz y el martillo sino la última estación en un viaje de enloquecimiento ciudadano en el que una narrativa histórica interesada y falsaria termina por dirigir a unos contra otros o a convertirse en un acicate para violentar los derechos y libertades de los ciudadanos de una sociedad.

El presentismo puede de hecho manifestarse al principio como una muy legítima y justa búsqueda de verdad y reconocimiento, tal y como se manifestaron las primeras olas de políticas de identidad en los años 60 y 70 del siglo pasado cuando exigían igualdad para las personas. Pero cuando se traspasa al campo de la limpieza y la pureza, a la traslación de todos los ideales a la realidad cueste lo que cueste el resultado pude ser un auténtico desastre y una cultura del enfrentamiento y la suspicacia perpetuos.

Una sociedad que pierde la capacidad de separar pasado, presente y futuro y los unifica en un eterno presente que una serie de autoproclamados tribunales de lo bueno y justo deciden controlar, convencidos de una infalibilidad tal que toda llamada al debate sea considerada una traición intolerable y castigable, ¿qué sociedad dejarán? ¿Qué sociedad democrática, plural y filosóficamente diversa puede existir si se deriva a un constante estado de renovación moralista del presente? ¿Y qué discurso civil puede existir en un contexto donde las emociones y la confusión entre memoria e historia opacan los hechos o el conocimiento fundamentado y científico? ¿Qué papel pueden jugar los historiadores en una sociedad si todo el mundo se erige, sin estar capacitado para ello, como historiador y, más aún, “revisador” de la historia?

Por otra parte el presentismo histórico viene ligado con frecuencia a la confusión entre memoria e historia, que ya indicamos como peliaguda en las dos piezas previas. Como señala el reconocido historiador de las ideas José Álvarez Junco se trata de cosas muy diferentes que suelen incluso entrar en conflicto:

La memoria es una reproducción mental de acontecimientos vividos en el pasado. Por tanto por definición la memoria tiene que ser individual. Sólo aquellos que tienen una mente pueden hacer reproducciones mentales. Y las sociedades, que yo sepa, no tienen una mente, a no ser que tengamos una concepción organicista de las sociedades […] La memoria es individual, y en segundo lugar la memoria sólo puede relacionarse con hechos que uno ha vivido. Yo no puedo decir “la memoria de los españoles actuales sobre la invasión napoleónica es…”. — Ciclo Historia y Mito-La utilización política de la historia.

Sí se usa a menudo, tal y como continúa Álvarez Junco, el término memoria colectiva para designar de manera informal aquellos acontecimientos que recordamos socialmente. Esto entroncaría más con el concepto de historia pública, que con el tan manido memoria histórica. Pues la historia es una ciencia social que recopila fuentes primarias o secundarias, antropología, arqueología, biología, y muchos otros campos del conocimiento para esclarecer el pasado y los hechos históricos, es decir, la verdad histórica, no verdades filosóficas o ideológicas pasadas o presentes.

La historia no está para sostener una u otra convicción, pero pueden seleccionarse acontecimientos e interpretaciones de los mismos para hacerlo. En gran medida esta es la base de todas las ideologías, una interpretación concreta de la historia asociada con frecuencia más bien a escuelas filosóficas, económicas y de pensamiento que a datos y fuentes históricas. Del hecho de la evidente apertura de la historia a cruzarse con nuevas fuentes que desmonten o complementen lo conocido en cualquier momento, es que surgen las constantes reinterpretaciones del pasado común y los conflictos sobre qué historia pública compartida enseñar en las escuelas u honrar en calles y plazas.

Como expresa la historiadora Lynn Hunt en su libro Historia (2019), allá donde miremos la historia es objeto de controversia: los políticos mienten sobre la misma u omiten hechos (incluso hechos protagonizados por ellos y filmados en vídeo), diferentes colectivos se enfrentan por el destino de monumentos, afloran las comisiones de la verdad y gobiernos de todos los estados vigilan celosamente los contenidos de los libros de texto de historia. Y en medio de ese interés por el pasado se crean instituciones que, más allá de conocer o analizar, tiene por objeto reconciliarse con la historia, esclarecerla o incluso negarla (como los negacionistas organizados de genocidios y persecuciones).

En medio de esta batalla de tiras y aflojas las representaciones públicas del pasado común se convierten en uno de los puntos más candentes. Las preguntas que surgen son muchas: ¿es posible reinterpretar algunos de ellos, reubicarlos y contextualizarlos? ¿Deben ir a museos o ser destruidos y olvidados? ¿Al hacerlo, se están reinterpretando los hechos y épocas a las que hacen referencia? ¿Hasta cuándo debe el ojo enjuiciador de la historia remontarse? ¿Hasta cuándo el pasado “duele”? Son preguntas que no poseen respuestas definitivas sino enfrentadas o complementarias, y es previsible que así siga siendo por toda la historia de la humanidad.

***********************

¡Gracias por leerme! Escribo por gusto y afán, por el periodista que soy y espero ser. Si te ves en ánimo de invitarme a un café mi Bizum es: 639564600

Con donaciones o sin ellas, ¡seguiré escribiendo! Un saludo ⭐

--

--

Espacio de análisis político, histórico y cultural. Soy un periodista y comunicador interesado en informar, formar y entretener. Pensamiento crítico y ecuánime.

Love podcasts or audiobooks? Learn on the go with our new app.

Get the Medium app

A button that says 'Download on the App Store', and if clicked it will lead you to the iOS App store
A button that says 'Get it on, Google Play', and if clicked it will lead you to the Google Play store
Democrítikos

Democrítikos

23 Followers

Espacio de análisis político, histórico y cultural. Soy un periodista y comunicador interesado en informar, formar y entretener. Pensamiento crítico y ecuánime.