Damnatio Memoriae (II): cuando pasado e identidad chocan

David Soler

Las contradicciones de la memoria pública

Imaginemos una situación hipotética de colisión identitaria y dilema histórico-interpretativo. Un college norteamericano dispone de un edificio de ciencias y una estatua de una afamada científica del siglo XIX, una mujer blanca centroeuropea, por ejemplo. Supongamos que, muy en sintonía con la cultura y mentalidad general de la época en que vivió, esta mujer muestra en algunos de sus escritos, como cartas personales o comentarios de conferencias, un evidente antisemitismo. Y estas cartas salen a la luz por la labor histórica.

Entonces planteemos el siguiente escenario: un grupo de activistas vinculados a la Liga Antidifamación empieza a colocar carteles de protesta contra la estatua y el edificio, en los que refieren lo ofensivos que resultan para los alumnos judíos y, en definitiva, para toda “persona de bien comprometida con la lucha antirracista” (aquello de “no sólo hay que no ser racista sino ser antirracista”, es decir plantear una posición de contraataque). Ante las protestas, interrupciones de clases, pintadas y sentadas, movilizadas vía redes sociales, las autoridades de la universidad empiezan a plantearse que la estatua sea retirada. Pero de entre el fragor de las protestas surgen voces disidentes que empiezan a indicar que la estatua es de una gran científica mujer, una de las pocas honradas por la historia que tanto las suele olvidar.

Pronto, también por obra y gracia de las redes, una asociación feminista vinculada al campus de Humanidades se involucra en el conflicto y se posiciona a favor de mantener nombre y efigie porque, a pesar de sus opiniones antisemitas, esta mujer resultó ser un referente para muchas científicas que la siguieron y que teniendo en cuenta que en sus tiempos existía un antisemitismo generalizado, eliminarla a ella sería “un acto de agresión más a la historia de las mujeres, una invisibilización de su existencia”.

Las cosas escalan y en las redes abundan las calificaciones: unos considerando a los otros racistas si apoyan mantener la efigie y el nombre del edificio; otros otorgando la categoría de machistas y colaboradores del patriarcado a los que presionan para retirarla. No tardan tampoco en aparecer las argumentaciones puramente identitarias a nivel más personal como forma de deslegitimar al otro: que si en la plataforma antirracista hay más hombres que mujeres; que si las que integran la Asociación Feminista Universitaria son mayoritariamente mujeres blancas de clase media-alta y no entienden lo que sufren las personas de color…Una especie de guerra civil se desata entre las memorias públicas de identidades históricamente marginadas, al amparo de la teoría interseccional.

En medio de esta situación no tan imaginaria como parece (sólo hace falta ver muchos de los conflictos en campus norteamericanos de los últimos años, decenas de ellos muy bien documentados en obras como La transformación de la mente moderna y The Culture of Victimhood) las autoridades de la universidad ya no saben qué hacer y tratan de involucrar a alumnos y profesores en un debate abierto, que sin embargo resulta violentado por manifestantes que tratan de reventarlo y acusan a la dirección de opresores indiferentes a sus sufrimientos. El debate intelectual sobre el tema va quedando completamente oscurecido por una marea de sentimientos exacerbados, simbolismo emotivo y descalificaciones, ahogando cualquier salida racional. ¿Qué desenlace podría tener una situación así? ¿Qué interpretación histórica podría solventar una situación así, espejo de otras muchas reales que se suceden desde hace años?¿Cómo se valora qué ofensa es más válida y quién está autorizado a hacerlo?

¿Dónde está la línea y quién la marca?

En la cuestión identitaria aplicada como juicio histórico resulta casi imposible determinar una respuesta definitiva a estas preguntas. El desenlace más probable si algo así ocurriera sería, si las cosas se enquistan, que algún grupo de encapuchados derribara la estatua con nocturnidad y alevosía. Quizá ni siquiera militantes de la plataforma antirracista, que pueden negar toda participación si no hay pruebas claras. Y pese a las protestas de la Asociación Feminista Universitaria, las autoridades sólo emiten un tímido y metafísico comunicado condenando que se haya destruido propiedad universitaria, señalado la importancia de un “debate sano”, pero que (ya que estamos) la estatua pasará “un tiempo indefinido en restauración” y se estudiará su colocación en otro lugar. Y así quizá, piensan, les dará tiempo a dejarle “el muerto” a la siguiente administración universitaria. La idea del agravio simbólico, sin embargo, no se esfuma.

El evanescente artista Banksy señalaba en Instagram el 10 de junio de 2020 un posible uso del pedestal y de la estatua derribada de Edward Colston en Bristol: recolocarla allí en un nuevo conjunto escultórico en el que se añadan varias estatuas nuevas de activistas derribándola. Una auténtica y original resignificación del monumento, que pasaría a conmemorar la retirada de la efigie y no al personaje histórico en sí. La mayoría de propuestas, sin embargo, no suelen ser tan elaboradas y suelen decantarse más por la apisonadora o la censura.

Desde hace unos años, por ejemplo, algunos grupos de activismo feminista han cargado verbal o físicamente contra museos por obras de desnudos femeninos expuestas en galerías de Europa y Estados Unidos, alegando que dichos cuadros contribuían a la visión de la mujer como objeto. También en 2021 varias estudiantes de arte se concentraron para protestar en una exposición de Picasso, acusándolo de haber sido un maltratador y machista. Las pocas y estereotipadas representaciones de no blancos en los cuadros también han sido objeto de escrutinio. Los debates sobre el impacto de la representación de uno u otro colectivo nunca han cesado, no es una completa novedad y forma parte del espíritu crítico que toda sociedad debe cultivar, pues ninguna mirada está exenta de sesgos.

Pero muchas preguntas surgen: ¿deben ocultarse, por tanto, todas las obras de arte que muestren desnudos femeninos a pesar de que en otros contextos temporales esa interpretación actual no fuera aplicada ni siquiera por las que aparecen retratadas en dichos cuadros? ¿Y los desnudos masculinos? ¿Y los de niños y querubines que decoran tantas obras barrocas? ¿Y los mosaicos romanos, algunos de ellos explícitos, deben taparse? Si mujeres y hombres que aparecen desnudos en esas obras lo hicieron por propia voluntad, ¿es ético subvertir sus deseos siglos más tarde? ¿Aplica a los mosaicos romanos, los relieves y esculturas egipcias, a las pinturas africanas, asiáticas o amerindias? ¿Dónde se demarcan los límites temporales y geográficos?

El peligro reside precisamente en que, ante esta batería de dudas y contradicciones, la opción de quienes ejercen un talante autoritario y excesivamente moralista consista en “cortar por lo sano” y simplemente eliminar todo, o arrojarlo a un sótano oscuro, para poner en marcha el reloj del Nuevo Mundo que pretendan construir. Un mundo en el que el arte seguirá existiendo, eso es imparable, pero en el que se verá de nuevo abocado a existir en dos planos únicos: el arte propagandístico, estandarizado y bendecido por las autoridades de turno; y el arte disidente, tildado de “impuro”, “degenerado”, “ofensivo”, “no comprometido”, “no inclusivo”, “inmoral”, “reaccionario”, o el calificativo que algún egregio orador se invente en una reunión con sus asesores.

Algo que trae a la memoria casos como el de Santa Sofía, tan en boga estos años tras el anuncio de Erdogan sobre la reconversión en mezquita del museo, y que ya en su día tras la conquista otomana de Constantinopla (renombrada Estambul, en un gesto también simbólico) sufrió alteraciones en su interior y exterior. Los bellos mosaicos bizantinos fueron tapados bajo capas de yeso debido al rechazo musulmán a representar figuras humanas en sus lugares de culto. ¿Veremos esto con la Maja desnuda de Goya o con los frescos de Pompeya si determinados discursos se instalan en instancias de poder y decisión?

Pasados conflictivos, memorias colectivas

Como vemos en este debate se entrecruzan distintas perspectivas históricas que a menudo entran en contradicción a la hora de establecer unos cánones de juicio al pasado: si lo que se condena, por ejemplo, es la esclavitud humana y el imperialismo, y lo que se señala como ofensa es la existencia de un edificio, estatua o cuadro en cuestión que “recuerda” a esos hechos entonces, ¿no habría que retirar todo lo que cualquier grupo humano (o colectivo, como se prefiera) considere ofensivo en base a reivindicaciones identitarias e históricas particulares? ¿No sería por tanto igualmente justo que, si un sector de la población mexicana decide presionar y hacer campaña para desmontar y guardar, piedra a piedra, las pirámides sacrificiales aztecas, su petición sea atendida con igual diligencia que la retirada de las estatuas de europeos imperialistas?

El imperio azteca, fundamentado sobre el miedo y el sometimiento de sus pueblos vasallos, se expandió a sangre y fuego como cualquier otro imperio de la historia, y se dedicó a la matanza sistemática de miles de personas en sacrificios multitudinarios a sus dioses, temerosas las élites guerreras de que el sol dejase de salir. En un solo año se calcula que se inmoló a unas 80.000 personas, mayoritariamente pertenecientes al tributo exigido por los mexicas a sus pueblos vasallos. ¿Qué diferencia moralmente el desmembramiento de prisioneros de guerra para apaciguar a la sanguinaria deidad azteca de turno de las matanzas de cátaros organizadas por las autoridades católicas medievales con el fin de erradicar la “herejía”? Objetivamente nada, sólo una perspectiva de relativismo o supremacismo cultural puede aparcar la evidencia. Actos criminales, injustos y bestiales por igual, que resultaron en la vacía pérdida de miles de vidas humanas, irrecuperables. ¿Cómo aplicamos la memoria pública estos hechos?

Si lo que cuenta ahora como criterio de juicio al pasado es la Declaración de Derechos Humanos de la ONU y los criterios del Tribunal Internacional de La Haya, ¿por qué las civilizaciones romana y griega, fundamentadas en la esclavitud, y no precisamente democráticas ni inclusivas, están legitimadas a permanecer al margen de las iras de los derribadores de estatuas, mientras otras figuras europeas de medio milenio de antigüedad sí son vandalizadas? En otras palabras, si se trata de juzgar actos cometidos por seres humanos contra otros seres humanos, ¿por qué tirar al suelo a Colón o Junípero Serra y no a Alejandro Magno y a Julio César? ¿Pueden los españoles de hoy pedir cuentas a los italianos por las invasiones romanas a la península e indignarse por la matanza o asimilación de tribus íberas y celtíberas? ¿Tendría sentido la renuncia de nuestras ciudades a sus legados romanos por imperialistas?

He aquí parte de la clave: la diferencia entre lo que algunos historiadores como la polaca Ewa Domanska denominan pasados ausentes y pasados no ausentes. Hay pasados, como la conquista romana o el imperio persa, cuyas consecuencias más directas en términos de opresión ya no serían visibles ni habría “memoria histórica” de las mismas, mientras que las heridas de episodios como la esclavitud sistemática de africanos durante 300 años, la exclusión de mujeres y personas LGTBI o el Holocausto serían visibles hoy a través de las desigualdades de trato, el racismo, la homofobia y el tardío acceso de estos grupos a una protección y reconocimiento debidos por parte de las instituciones.

Las palabras que arrastran el pasado

La terrible realidad para todo el aparataje de símbolos y políticas de memoria pública de nuestra época es que si el juicio moral y expresivo a figuras históricas se estableciese, por ejemplo, por posiciones antidemocráticas, antisemitismo y/o rechazo a la diversidad sexual, probablemente el 70% de parques, museos, bibliotecas y plazas del mundo tendrían que ser renombrados. En el caso de las estatuas, podrían ser llevadas a exposiciones y museos específicos sobre pasados problemáticos, como se hizo en Berlín con efigies y símbolos de las dos dictaduras sufridas en Alemania, la nazi y la comunista.

Sólo podrían erigirse estatuas a figuras contemporáneas y vivas, con la eterna duda de si no serán perfectos y tocará retirarles el homenaje en unos años. Es más, ya se ha producido el caso con Gandhi, una de cuyas efigies fue retirada de la Universidad de Accra, en Ghana (África), tras la petición de varios docentes y estudiantes que la consideraban inapropiada por los comentarios despectivos que sobre las personas negras había vertido el célebre luchador pacifista cuando era joven. Tanto un aspecto como otro del personaje son históricamente ciertos, la cuestión es si es posible construir una memoria pública que resalte algo y oscurezca lo que no interesa, no olvidándolo con actitud displicente sino echándolo al olvido, como señala el historiador Santos Juliá en un lúcido análisis. Esta expresión aúna condena y reconocimiento de las víctimas, pero también deseo de construir hacia el futuro conservando todo lo que haya contribuido a la ampliación del círculo de los iguales, es decir al progreso.

Todo esto, a pesar del aparente tono de exageración, no es algo aislado ni reducido a la imaginería pública. Vamos coleccionando cada vez más ejemplos en otros campos de la expresión artística e intelectual. En Estados Unidos, meca de las teorías posmodernas de interpretación histórica, ya han triunfado en algunos lugares las presiones para retirar o modificar libros y orillar autores de las bibliotecas de las escuelas, entre ellos obras de Mark Twain. Y es que a pesar de que Twain, hombre culto e ilustrado de mente abierta, mostró su apoyo a la igualdad racial, sus obras más conocidas (Las aventuras de Huckleberry Finn y Las aventuras de Tom Sawyer) han sufrido censura y se han eliminado, por parte de la editorial, unas doscientas palabras referentes a las personas negras por considerar que podían ofender a los lectores, sacándolas por tanto de su contexto.

De Tolkien a Beowulf

Acusaciones resurgen ahora, en vísperas del estreno de una serie de Amazon, contra J.R.R. Tolkien por considerar “racista” o “antisemita” su mítica trilogía El Señor de los Anillos (publicada originalmente entre 1954 y 1955), y de las que no hay presencia sustancial allá por 2003, en pleno auge de las películas. Acusaciones vertidas, comúnmente, por quienes directamente no han leído la obra o sí la han leído pero aplicando un filtro posmoderno e identitario milennial, sin entender su estilo, género, contexto, simbolismo y aplicabilidad.

Sin entender, especialmente, sus raíces en la epopeya y el mito (este último, el tipo de relato más universal, imposible de segmentar identitariamente, como bien demostró el antropólogo Joseph Campbell en sus muchos trabajos sobre el viaje del héroe de las mil caras, los ritos de paso culturales y el monomito) y, sobre todo, que no han leído las Cartas de Tolkien. Quizá a algunos de los críticos les interesaría conocer la anécdota en que Tolkien fue preguntado por la editorial alemana que pensaba publicar El Hobbit (en el año 38, con el Partido Nazi en el poder)si tenía ascendencia judía. A lo que Tolkien respondió de la forma más certera, intelectual y elegante posible:

No soy de extracción aria: eso es indo-iraní; según recuerdo, ninguno de mis ancestros hablaba indostaní, persa, romaní u otro dialecto relacionado. Pero si debo entender que están indagando sobre si soy de origen judío, sólo puedo responder que lamento que al parecer no tengo ancestros de ese pueblo lleno de dones. Mi tatarabuelo llegó a Inglaterra en el siglo XVIII desde Alemania… He tenido la costumbre, sin embargo, de estar orgulloso de mi nombre alemán y así me mantuve durante la lamentable guerra, en la que serví dentro del ejército inglés. No puedo evitar, de cualquier forma, comentar que si impertinentes e irrelevantes indagaciones como ésta persisten en cuestiones de literatura, entonces no falta mucho tiempo para que un nombre alemán deje de ser motivo de orgullo.

Para muchos analistas lo más preocupante de estos ejemplos de ataque a obras clásicas es que demuestran cómo se va perdiendo progresivamente la capacidad de interpretación del arte, la literatura y el cine en términos de identidad humana, universal y transversal, reconocedora de una misma condición para todas las personas; para pasar ahora a una categorización puramente identitaria, sectorial hasta límites atomizadores, que termina desembocando en un repliegue tribal o hiper individualista. Como si cada mito, relato, pintura, escultura o canción tuviese que amoldarse al pensamiento y sentimiento de cada uno de los habitantes del planeta, bajo la amenaza de que si a un determinado sector (o persona) le resulta “inmoral”, “inadecuado”, “degenerado”, “ofensivo”, “parte del problema”, “inservible”, etc., sufrirá una campaña intensa y organizada de difamación, desprestigio, persecución y petición de su exclusión del espacio público.

Conceptos ahistóricos y moralistas como el de apropiación cultural ponen sobre la mesa dudas de tan bajo calado como si a una persona negra o asiática le es imposible disfrutar o sentirse identificada con la Ilíada y la Odisea, o con el Beowulf porque eso es “cultura blanca”, o si el hecho de que un blanco trabaje sobre mitos egipcios o animistas africanos, o haga rap, significaría “robar la cultura de color”. Por extraño que pueda parecer estas disquisiciones existen, se manejan en las universidades del ámbito anglosajón desde hace más de una década, y están filtrándose a otras de ámbito europeo y latino. A veces han evolucionado hasta terminar en despidos y auténticas campañas de acoso y derribo de profesores universitarios (de toda condición, raza y clase) que no aceptaban este marco de análisis.

Igual que en otros casos cabría preguntarse entonces si la democracia implementada hoy en cientos de países más allá de Grecia, el cristianismo practicado, por ejemplo, por millones de africanos y asiáticos, o los elementos del derecho romano empleados en sistemas legales anglosajones serían apropiación cultural de elementos intrínsecamente pertenecientes a sus culturas originarias. La aceptación de un término como este requiere observar las culturas como los compartimentos estancos que nunca han sido; la historia, la música, la gastronomía o la arqueología así lo evidencian.

Como vemos, y seguiremos viendo en próximas piezas, historia, memoria colectiva e identidad no solo conviven sino que colisionan con una frecuencia mayor de la que muchos creen. La cuestión es, ¿cómo codificar u ordenar estas colisiones, estos conflictos, por parte de las instituciones que deben representarnos a todos en democracia?

Para ampliar:

Canal de La cuna de Halicarnaso (Vídeo sobre las estatuas y los pasados ausentes/no ausentes)

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Espacio de análisis político, histórico y cultural. Soy un periodista y comunicador interesado en informar, formar y entretener. Pensamiento crítico y ecuánime.

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